
La búsqueda del instante en la mirada del poeta es la esencia de John Alexander Martínez Granados, su poética se representa en la cadencia de la estrofa, en la hondonada del verso, en el secreto de la palabra, en la sombra de la imagen. Estas taxonomías del lenguaje, van sugiriendo un camino representativo para la voz poética, es decir, el intimismo de una voz mesurada, sin pretensiones, casi esquiva; una voz que invita a despojar del poema el manto servil de la belleza fatua:
En el verso del poeta
el dolor de la sangre
se hace eco
En esta conversación silenciosa, la insinuación del poeta es clara y en la obra se ve representada, como si no necesitara de las palabras mismas para nombrarse, adecuar al mundo en un sinfín de significaciones, contemplar el devenir de los recuerdos en virtud de la imagen que protagoniza el universo poético. El tiempo transcurre en la suma apremiante ante la tranquilidad de las cosas, sus cambios son lentos ─el ritmo─ en los atardeceres de los espacios que habitan el sosiego de la noche, los versos definen la emoción en el transcurso de los días ─el tono─ fijación en la estructura del poema. La escritura leve, de surcos ─el ver-so─ cortos en su mayoría, crean una doble lectura. La primera, obedece a la con-tundencia del lenguaje, allí es válido decir que el desencanto por la mujer desea-da nutre la pasión misma: // Debe ser ella / deshabituada a gusanos de carne / en el silencio de la tierra. O, el husu de los destinos, se va torciendo la hebra deva-nada de la palabra al acto creador: // Una mirada / encendió la noche / pavesas de ella / entraron en mi ser.
La segunda, es la atmosfera diáfana que recrea el instante del poema, es decir, lo imperceptible: El libro se cerró / murmurio de voces / en el eco guardado. La palabra “murmurio”, nos permite ver el acontecer secreto del silencio en la pre-sencia de un yo colectivo, un observador que lo testifica, sin duda el silencio de la palabra se acrecienta en el grito del poema.
Platón hablaba del furor para asemejar o referirse a la locura, lo cuerdo se alejaba de lo fútil, de lo que carecía de importancia, este furor en los Residuos de sombra, no se aleja de la realidad contemplativa que marca la huella en la composición poética, sino, todo lo contrario de lo que afirmaba el pensador ateniense, allí se funda el acto creativo propio, no es en vano que los temas representativos estén marcados en los oficios cotidianos como son el voceador de periódicos, el vendedor detrás de una vitrina, el jardinero; la procacidad de los personajes mar-ginados, las putas, los borrachos, las “sinnombres”; en los roles definitorios del constructo social, el abuelo, la madre, el hijo.
El poeta precisa su propia guerra, su poesía se despliega en los confines de sus hazañas, no hay un modo de definir cada batalla, tan sólo hay un lugar de enunciación: un pecho abierto y un canto como escudo. Martínez Granados, lo reconoce en los universos tutelares de sus maestros más íntimos: Aurelio Arturo, poeta para poetas y José Manuel Arango, de aliento reflexivo y verso minimalista. // Escribo un poema / en los sonidos de la carne.
En Residuos de sombra, habita un juego lenitivo en función de persona-jes anónimos, se nombran desde la dualidad, la soledad, la muerte, el desamor. La juventud tema fundamental en la poesía contemporánea y en esta obra se vierte en el reflejo de un sueño o una pesadilla. Otro tema recurrente de esta poética es el universo lascivo, se enuncia en los rostros blanquecinos causados por la llama viva y en los rencores fortuitos que se desmide en los espacios prolijos, Ivón toma una copa de vino / que viene de siglos / como su oficio. La voz poética logra simbolizar un presente perpetuo, la lucha contra el tiempo y su decadencia, una aventura de la imagen, lo simbólico y su transfiguración, la añoranza de lo prohibido, de lo arrancado en los signos y las formas del lenguaje, medida que quebranta las palabras, sombras que se niegan a dar sombra, y no pretenden dar respuestas al mundo, la sombra aguarda el secreto de un origen oculto.
La poesía crece bajo el augurio de la vida sosegada en la raíz de las palabras y su tiempo de medida, se refleja en el orden de los escombros, el hambre, la ebriedad y la locura. Volver a la crisálida, igual que la imagen del gusano que da inicio al libro, son un lemotiv de la metáfora, en los versos de despedida Serguei Esenin lo reitera: “La separación predestinada / promete un nuevo encuentro”.
